sábado, 14 de abril de 2012

LECCION 1: EL FARISEO Y EL PUBLICANO.

TEMA: LA ORACION
LECCION 1: EL FARISEO Y EL PUBLICANO.
LECTURA BIBLICA: MATEO 23:1-30; LUCAS 18:9-14; ISAIAS 40:19; 44:14-19.

¿Cómo se llama el presidente de nuestro país? ¿Le han visto personalmente? ¿Han conversado con él? Si quisieran hablan con él, ¿podrían entrar en su casa a cualquier hora y decirle lo que quieren? Por supuesto que no, el presidente es una persona muy ocupada. Tendría que ser una razón muy, muy importante. Y aun seguramente necesitarían un permiso especial para presentarse ante él.

Hay alguien que es superior y mucho mayor que cualquier gobernante de cualquier país. El es nuestro Dios, el que creó el cielo y la tierra. El es grande, sabio y poderoso. ¿Permite Dios que la gente esté en su presencia en cualquier momento y converse con El a cualquier hora? Por supuesto que sí, es más, no solamente permite que la gente entre en su presencia, sino que las invita a entrar. Aquel que hizo el mundo, los árboles, el pasto, las flores, las montañas, los animales y la gente, desea que la gente converse con El. Dios que todo lo sabe y todo lo puede, está siempre dispuesto a escuchar a aquellos que conversan con El.
Conversar con Dios es algo sencillo. Sin embargo en el mundo hay mucha gente que sabe muy poco o nada acerca de la verdadera oración. Otros no saben que Dios ha establecido ciertas reglas que deben ser obedecidas si la oración ha de ser contestada.
Muchos de los que dicen que oran, no oran al Dios vivo y verdadero. ¿Por qué? Porque no lo conocen. La Biblia nos dice que ciertas personas oran a ídolos que ellos mismos han hecho y han adornado con oro y plata (Isaías 40:19).
Si un hombre es demasiado pobre para comprar un ídolo de oro, puede cortar un árbol, quizás uno que el mismo haya plantado. Usará parte de la madera para hacer fuego y calentarse con él. Puede usar otra parte para hornear su pan. Y tomará el resto de la madera y tallará en ella una imagen. Luego arrodillándose ante ella, la adorará y orará diciendo: “Líbrame, porque mi dios eres tú” (Isaías 44:14-19).
Este hombre no se detendrá a pensar: “Este solo es un trozo de madera. He quemado parte de ella para calentarme, he usado otra parte para hornear mi pan. ¿Cómo puede el resto de ella ser dios? ¿Por qué oro ante un trozo de madera? ¿Puede un dios de madera oírme?” No, no se hará estas preguntas. Simplemente ora a su trozo de madera como si realmente fuera un dios que pueda escuchar y responder a la oración. ¡Tremendo error!
Hay hombres y mujeres que suben las gradas de los templos apoyados en sus manos y rodillas, creyendo que al hacer esto, su dios (una imagen) oirá sus oraciones. Otras personas escriben sus oraciones en un papel y las pegan en una pared, con la esperanza de que serán escuchadas.
Muchas personas creen que si ofrecen sacrificios a sus dioses, estos responderán sus oraciones. Y aun hay algunos que suponen que el verdadero Dios del cielo exige un sacrificio para escuchar sus oraciones. Pero muchos años atrás, un profeta de Dios (Isaías) dijo al pueblo de Dios, Israel, que ningún sacrificio que el hombre pudiera hacer sería lo suficientemente grande para el Dios vivo. Explicó que aunque la gente cortara todos los arboles y le ofreciera todos sus animales a Dios, su ofrenda no sería suficiente. (Isaías 40:16).
Hay algunos que creen que si una persona es suficientemente buena, sus oraciones serán escuchadas. Hace mucho tiempo, cuando el Señor Jesús vivió en la tierra, había un grupo de hombres que se consideraban buenos. Eran importantes gobernantes del pueblo judío. Se les llamaba fariseos.
Los fariseos no adoraban a los ídolos de madera, o de piedra, ni de oro o plata. ¡No!, Adoraban al Dios vivo y verdadero. Los fariseos usaban largas túnicas con amplios ribetes para que la gente los reconociera cuando caminaban por las calles y los mercados. Les encantaba que el pueblo los reconociera, especialmente cuando les decían: “¡Saludos, Rabino!”.
Todos pensaban que los fariseos eran fieles a Dios, que estudiaban cuidadosamente las leyes de Dios y que aun agregaban sus propias leyes. Cumplían la ley en forma estricta. Esto incluía darle regularme a Dios la decima parte de su dinero. Les estaba prohibido tocar animales muertos. No se acercaban a las personas enfermas. Creían que si lo hacían faltaban a sus leyes.
Los fariseos estudiaban las Escrituras para poder contestar las preguntas que pudiera hacerles la gente acerca de la Palabra de Dios. Se ataban a la frente y brazos pequeños estuches de cuero en los que llevaban porciones de las escrituras. ¡Qué religiosos eran! Debido a que estos hombres vivían en forma tan estricta, en las fiestas y en la sinagoga les cedían los asientos más importantes. ¡Qué satisfechos se sentían de la atención que les prestaba la gente por la importancia de su posición!
Muy a menudo estos fariseos iban al templo a orar. No piensen que hacían oraciones cortas y se iban luego a su casa. ¡De ninguna manera! Siempre hacían largas oraciones (Mateo 23:1-30). Los fariseos pensaban que sus oraciones agradaban a Dios. Quizás la gente que escuchaba a los fariseos deseaba ser tan elocuentes como ellos. Pero, ¿qué pensaba Dios de sus oraciones? Una historia que contó el Señor Jesús, nos da la respuesta.
Jesús dijo que dos hombres habían ido al templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano (cobrador de impuestos). Cuando el orgulloso fariseo caminó en el templo a un lugar donde todos pudieran verlo, vio al cobrador de impuestos. Probablemente movió su cabeza y se dijo a sí mismo: ¡Ese tramposo! Si yo fuera él, ni siquiera vendría al Templo. ¿Quién se cree que es? ¡Dios nunca oirá su oración!
Luego, solo pensando en lo bueno que él era y despreciando a los que estaban a su alrededor, el fariseo levantó su cabeza y oró diciendo “Dios te agradezco que no soy como los otros hombres. ¡No soy ambicioso, deshonesto, impuro, ni tampoco como ese cobrador de impuestos! Ayuno dos veces a la semana. (Era más de lo que exigía la ley) Doy la decima parte de todo lo que tengo”.
El fariseo terminó su oración. ¿Pidió algo? ¿Recibió algo? ¡No!, él estaba hablando orgullosamente consigo mismo.
El Señor Jesús continuó la historia. Dijo que el cobrador de impuestos permaneció en un lugar donde no se hacía notar. Ni siquiera levantó su cabeza. Al contrario, la mantuvo inclinada y golpeándose el pecho oró: “Dios, ten misericordia de mi, pecador”, Se consideraba el peor de los pecadores del mundo.
Comparada a la oración del fariseo, la oración del cobrador de impuestos fue corta. Pero, ¿Cuál crees tú que fue la mejor? ¿Cuál escuchó el Señor?
Jesús le dijo a la gente: “El cobrador de impuestos se fue a casa perdonado por Dios. (Su pecaminoso corazón quedó limpio). El fariseo no fue perdonado. (Su corazón oscurecido por el pecado no fue limpiado). Todo aquel que se enaltece, será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. El Señor Jesús terminó su historia. La gente comprendió lo que El les estaba enseñando.

Aquellas oraciones que suenan muy bonitas y que son muy largas no siempre son oraciones correctas. Lo que vale es lo que está en el corazón. El fariseo es como un vaso que está limpio por fuera pero sucio por dentro (Mateo 23:25). Sin embargo, al cobrador de impuestos le preocupaba su interior. Le pidió a Dios que limpiara su corazón. Debido a que su oración fue contestada, su corazón quedo limpio por dentro. Llegar a obtener esta limpieza de corazón es de suma importancia para el Señor. La Biblia nos dice: “Si en mi corazón hubiese yo mirado (aprobado) a la iniquidad (pecado), el Señor no me habría escuchado” Salmo 66:18.
El fariseo tenía pecado en su corazón. Era orgulloso. Y el Señor no escuchó su oración. El cobrador de impuestos le confesó a Dios su pecado. Nos dice 1ª Pedro 3:12: “Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen mal”. Dios, que ve el corazón, sabía que el fariseo, un hombre aparentemente bueno, estaba en un gran pecado: el orgullo. El cobrador de impuestos al reconocer su pecado y pedir perdón, fue visto por Dios como “justo”.
Ahora hablemos de tus oraciones. ¿Oras al Dios verdadero, al único que puede escuchar y responder oraciones? ¿Le has confesado a Dios tus pecados como lo hizo el cobrador de impuestos? ¿Le has pedido a Dios que perdone tus pecados? Si lo has hecho, entonces tus pecados han sido perdonados y tú puedes conversar con Dios acerca de cualquier cosa. El te oirá.

Recuerda estas cuatro cosas, si puedes, escríbelas en un cuaderno:
1. Orar es conversar con Dios.
2. Solamente el Dios vivo y verdadero puede escuchar y responder oraciones.
3. Dios oirá la oración de cualquiera que confiese su pecado y pida perdón.
4. Cuando tu pecado ha sido perdonado, puedes hablar con Dios acerca de cualquier cosa.

LECCION 1: EL FARISEO Y EL PUBLICANO.
Hoy aprendí:
1. Orar es _ _ _ _ _ _ _ _ _  con Dios.
2. Solamente el Dios vivo y verdadero puede _ _ _ _ _ _ _ _  y _ _ _ _ _ _ _ _ _  oraciones.
3. Dios oirá la oración de cualquiera que confiese su _ _ _ _ _ _  y pida _ _ _ _ _ _ .
4. Cuando tu pecado ha sido perdonado, puedes hablar con _ _ _ _  acerca de
cualquier _ _ _ _ .
Porque los ojos del Señor están sobre los justos,
y sus oídos atentos a sus oraciones…” 1ª Pedro 3:12.
 (Agradecimientos a "LA BIBLIA ILUSTRADA. NUEVO TESTAMENTO.TOMO 9. LA ORACION".

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